Yo aún no se su nombre, ni su edad, imagino que tiene noventa años vividos con felicidad, porque su rostro contento así lo transmite.Me conmueve verla sentada en su balcón sobre la calle Eva Perón, todas las tardes, como un una reina que disfruta de su trono Real.A veces cuando camino por la vereda de enfrente nos miramos, como si quisiéramos saludarnos, como si yo quisiera encontrar esa abuela que ya no tengo y tal vez ella ese nieto que rompa su soledad.La veo observar el horizonte, pero intuyo que esa mirada está recorriendo su alma, volviendo a tiempos de cuando era niña, mujer, joven, madre, abuela, y entiendo que esa lejanía que mira es un mundo el cual ya no la incluirá, porque a ella son distantes: el colectivo de la línea dos, cinco, cuatro que circulan por ahí, el kiosco de la gringa, las luces de los carteles que asoman, las miles de ventanitas que se encienden por la noche, la chicas que ofrecen su servicio en la esquina, el sonido de las chicharras que apretan los odios en los agobiantes noches de calor.Yo lamento que ella sea prisionera de una escalera que no puede bajar, de un balcón que apenas la deja sentar, de un comedor que asoma en su ventana y que cuyo cielorraso casi roza su poca estatura, de una puerta angosta que complica su poca movilidad corporal, de un edifico de departamentos que la olvidó. De igual forma la gente vivida a veces sabe como adaptarse; ella engalanó su prisión con dos plantas en masetitas que se estrangulan por ver la luz del día, y que por la noche confunde el sol que poco ven con el destello de luz fluorescente que ilumina descubriendo el gris humedecido y casi gastado de las paredes del bajo comedor.Con el ruido del camión recolector de la basura, que es una enloquecedora cortina mecánica musical, los residuos en la bolsa del supermercado Dar-Bienestar de la abuela se estrellan todas las noches desde el balcón al piso del cordón, esperando ella luego captar la atención de algún transeúnte para pedirle el único favor, que ubique la bolsa en el correcto lugar para su recolección.¡Abuela! que sos prisionera de la ciudad, de tu casa, de tus paredes…hace días que extraño tu presencia en el balcón, ya no saliste a tus tardes sobre la calle Eva Perón.
Texto: arq. Gustavo Ariel Sturla